Fito

He de confesar que nunca me habían gustado los gatos, aunque soy “animalera”, los gatos no eran mis favoritos, simplemente me daban igual y nunca me imaginé viviendo con un felino; siempre me parecieron altivos, independientes, autosuficientes, seres que se dejan querer y corresponden según sus apetencias. Hicieron falta situaciones en mi vida que me llevaron a convivir con estos animalitos, desde cinco que huían a mi paso y con los que nos bufábamos mutuamente, pasando por tres seres maravillosos que me acompañaron y dieron alegría en momentos de inestabilidad, hasta llegar a mi Fito, pero no nos adelantemos.

Todavía recuerdo las interminables conversaciones con mi querido Yuri en Caracas en las que debatíamos si eran mejores los perros o los gatos. Yo, por supuesto peleaba a favor de los canes por todos esos lugares comunes que todos conocemos y Yuri se decantaba por los felinos con buenos argumentos, que no obstante en ese momento no me convencían.

Tiempo después me vine a Madrid, entre una y otra aventura caí en un piso compartido con unas brasileñas y no solo compartíamos piso, compartíamos habitación con cinco gatos y un poodle, entre los mininos había una calva de la raza Sphynx que me miraba desde la cama de su dueña durante gran parte de la noche cosa que me aterrorizaba, de hecho, salí corriendo de allí y en mi carrera desaforada caí en casa de Olga y sus tres muñecos Tango un bello atigrado gris; Rabia, un enano blanqui negro, el más joven y Tyson, el patriarca negro de la manada.

Por lo menos tenía mi habitación privada, al llegar, Tango me miraba y hacía gala de su antipatía y altivez; flaco, desgarbado y malandro. Una noche que me quedé dormida en el sofá, y el muy gañan se tomo la libertad de acostarse a dormir sobre mi pecho. Me desperté sintiendo un peso y un cálido ronroneo que se acompasaba con los latidos de mi corazón, y la cara del bicho muy pegadita a la mía. A partir de allí sostuvimos un romance y una comunicación más fuerte que la que pudiese haber tenido con ser humano alguno. Sé por Olga que el felino maullaba amargamente mi ausencia cuando me fui del piso.

Llamadme loca, pero amo a esta criatura y no cambiaría lo que me ha enseñado y lo que me ha dado por nada del mundo.

Unas cuantas lunas después y por aquellos azares de la vida llegó Fito a la mía, rescatado de una colonia y en un momento en el que pensaba que no estaba hecha para la vida en comuna; mi compañero de vida me regaló la oportunidad de aceptar a esa cosita negra, fea y despelucada que me entregaron con las orejitas llenas de ácaros, al que como un bebé le compré el ajuar completo para que tuviera una llegada placentera a la que sería su casa y como un bebé que era, con apenas cinco meses, cuidé. De esto han pasado dos años y un poquito más y ahora no sé que sería de mi vida sin este rey sin corona, malandro redimido, negro como la noche, que entrecierra los ojos para decirme que me quiere; que no se separa de mi, que me busca para jugar en mis momentos de más álgida procastinación; que me acompaña cada vez que estoy triste aunque siempre con pose de sobrado, pero es eso, sólo una pose.

Llamadme loca, pero amo a esta criatura y no cambiaría lo que me ha enseñado y lo que me ha dado por nada del mundo.

 

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