Nana para mi niña

Ese día le dispararon a Gaitán y Bogotá, Colombia entera se llenó de revueltas. Estaba cambiándose el uniforme del colegio para bajar a comer y luego jugar un rato con sus muñecas. Era viernes y el comienzo de fin de semana se perfilaba emocionante, para la niña de cinco años, con un paseo al zoológico.

Se puso el vestido bonito, ese que le gustaba tanto, confeccionado con una tela “príncipe de Gales” –así le había dicho la tía Mery que se llamaba-, de grandes cuadros rojos sobre fondo beige;  los lazos para sus negras trenzas de cabello iban a juego con la tela del vestido, las botitas negras y los calcetines blancos le hacían sentirse como una pequeña princesa.

Bajó las escaleras mientras pensaba que después del zoológico se quedaría despierta a esperar a don Antonio, el esposo de la tía Mery, quien todos los viernes le traía en una pequeña caja de madera una selección de monedas de a peso nuevas, recién sacadas del banco, brillantes y tintineantes que le producían regocijo.

Ese día le dispararon a Gaitán y Bogotá, Colombia entera se llenó de revueltas. Estaba cambiándose el uniforme del colegio para bajar a comer y luego jugar un rato con sus muñecas. Era viernes y el comienzo de fin de semana se perfilaba emocionante, para la niña de cinco años, con un paseo al zoológico.

 Buscó a la tía Mery, por toda la casa, se dirigió a la biblioteca y la puerta estaba cerrada, tras ella se escuchaban voces de hombres, tocó la puerta para que su tía viera que estaba lista. Ella fue quien abrió la puerta, la abrazó y le dijo que se estuviera en el patio de la casa con sus juguetes mientras terminaba de hablar con los señores, dos caballeros a quienes solía ver en casa y que le sonreían amablemente.

Volvió sobre sus pasos atravesó la cocina, en el camino cogió una manzana y le dio un mordisco mientras Lucila, la cocinera, permanecía con el oído pegado a una pequeña radio como acostumbraba. Volvió a poner la fruta mordida en la bandeja.

La niña que ella fue, cuando pensaba que su tía era su madre, se sentó en una pequeña mecedora de mimbre rodeada de sus tesoros: una muñeca rubia, un carrusel y un caballito de madera, un pequeño tamborcillo de hojalata, y se dispuso a esperar a que su tía le llamara mientras peinaba a la muñeca y le hablaba como hacía la tía Mery cuando le desenredaba el cabello.

 Ahí estaba rodeada de sus juguetes. Afuera se escuchaba un murmullo, como de mucha gente, se sentía agitación, de repente escuchó que su tía la llamaba desde la puerta que daba de la cocina al patio, en la mano llevaba su abrigo rojo ese que la hacía sentir como el personaje del cuento. Se lo puso, lo abotonó, subió la capucha y le dijo: “vamos a la calle, mataron a Gaitán”.

 Salieron y su tía la llevaba orgullosa por las calles de Bogotá. Mery, intelectual, simpatizante de los liberales, poetisa, autodidacta  y adelantada a su época y ella pequeña y un poco asustada, entre gente que corría, gritaba y protestaba pero la actitud altiva y desafiante de su tía le infundía valor y protección.

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