Organolepsia

Cierro los ojos sin dormir como ya he hecho muchas veces desde que estoy aquí. La luz de las lámparas del patio entra débil colándose entre los barrotes, mi compañera de celda ronca como un camionero borracho y yo, cierro los ojos como hago siempre para intentar inútilmente invitar al sueño a entrar en mi cuerpo y en mi cerebro; han pasado exactamente noventa y seis lunas; mil quinientos ataques de ansiedad, quinientas noches de llanto desconsolado y solamente tres de miedo irracional. Después me metí en mis recuerdos.

La doctora del penal dice que es pura evasión, no, no estoy loca; de hecho he hablado largas horas con ella, es con la única que hablo. La doctora Montiel es una mujer dulce, buena moza; donde ella me llevaron a los días de llegar, cuando empecé a encerrarme en el silencio, cuando entendí que dar explicaciones no valía de nada. Pero no vine aquí a hablar de la doctora Montiel, vine a contarles una parte de la película de mi vida antes de partir.

 Les decía que me encerré en el silencio y en los libros de la biblioteca del penal que gracias a Dios tiene una que ayuda a que no te desquicien la soledad, las tres paredes  de concreto más una de barrotes, ni la rutina. No me interesan ni las tardes en el gimnasio, ni los juegos de mesa, ni la tele; ya no me hacen mella los gritos en medio de la noche de otras reclusas, ya le pedí a mi madre que no viniera a verme más para no tener que soportar las lágrimas bañándole el rostro y metiéndose entre sus arruguitas como hormigas entre las grietas. Callo y recuerdo.

Mis recuerdos son organolépticos como los sueños que ya no tengo. El aroma del café recién coladito llega a mi nariz y me deja ver, a aquella panda de zagaletones que fuimos corriendo por las trochas de La Sierra. Abuelito nos levantaba temprano, mientras ya abuelita había metido, en el viejo molinillo, la ración del día fresquito y recién tostado. Mi piel se eriza con el frío de la mañana, de mi boca sale el vaho de la neblina que cubre la montaña.

También percibo el olor de la colonia de mi padre cuyo espíritu no me ha dejado ni en este encierro.

 En esa época mi única preocupación era salir bien en el colegio y que después de dos semanas en el monte escucháramos el sonido del carro que nos devolvería a la civilización; siempre me mató la rutina, desde que era niña.

 Este es mi recuerdo más recurrente, puedo escuchar la lluvia caer sobre el techo del zinc y oler la humedad de la tierra y los vapores de la sopa de gallina que abuelita prepara en la cocina, escuchar la voz bajita y queda de abuelito contándonos historias de fantasmas y aparecidos por los caminos y senderos de las montañas de San Luis, escucho también las risas infantiles de mis primos y los gritos y risas que apagaban sus pisadas cuando salían corriendo y me dejaban sola en medio de una trocha para que me secuestraran los duendes del agua del Caipal, el ojo de agua donde solíamos bañarnos durante esas temporadas en La Sierra.

También percibo el olor de la colonia de mi padre cuyo espíritu no me ha dejado ni en este encierro.

Así me alcanzan las horas del alba, cuando comienzan a pasar las celadoras golpeando las puertas para que nos levantemos y vayamos a las duchas, abro los ojos. No hay cansancio físico, sólo el amodorramiento que me produce ese volver a empezar con la rutina. Hoy no viene la doctora, quiero decirle que anoche olí a papá.

9 comments

    1. ¡Gracias Omar! ¡que bonito! Ganas hay, de escribir algo más extenso, solamente tengo que vencer al fantasma de las inseguridades y los miedos. Anima que gente como tu a la que admiro y considero me deje un comentario 🙂

      Un abrazo enorme, espero que nos veamos.

  1. Como siempre me parece muy buena tu redacción, y te repito escribe!!!!!!, si tengo un comentario, pero ya hablaremos.
    Bendiciones. Esa foto buena.

  2. Muy pocos pueden sentir la organolepsia de tu relato por que simplemente no la vivieron, pero creo que la transmites casi a la perfección (y eso me gustó), aunque mi mente le agrega los sonidos inconfundibles de las chanclas de Abuelito, La olla de La Abuela y El perfume de Manche… Detalles que ni los barrotes del tiempo y a veces, la inevitable rutina pueden borrarlo. Sigue así. Los quiero Mucho.!

    1. El sonido inconfundible de las chanclas de abuelito, mientras merodeaba por la casa, sobre todo durante las noches en las que dormíamos en el traspatio; no fue un detalle que haya olvidado, así como no olvido el cariño de tu madre, ni el sabor, ni el olor del chivito en salsa que prepara. Gracias por tu comentario, guapete; te mando un beso enorme.

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